—Joven —dijo—, tengo una propuesta que hacerte. Aquí estamos los dos; tú, un joven
honrado y de buen corazón, y yo, un Espantapájaros con talento y espíritu
emprendedor. ¿Qué me dirías si te pidiera que fueras mi criado?
—¿Y cuáles serían mis obligaciones?
—Acompañarme alrededor del mundo, ser mi chico para los recados, lavar,
cocinar para mí y atender mis necesidades. No tengo nada que ofrecer a cambio
sino aventuras y gloria. Es posible que a veces pasemos hambre, pero nunca nos
faltarán emociones. Bueno, muchacho, ¿qué me dices?”
Con un diálogo, por
cierto, de lo más curioso, comienzan las aventuras de un par sin igual. El
Espantapájaros y su sirviente, personajes salidos de la pluma de Philip
Pullman, hacen un temerario recorrido para cumplir una misión olvidada o
más bien desconocida.
La inocencia del
Espantapájaros se contrapone con la visión de su sirviente, Jack, quien a pesar
de ser sólo un niño ha visto los abusos del poder; es bajo este contraste que
emprenden camino y con ello no solo ganan en conocimiento mutuo, los lugares
que visitan se transforman.
Bajo una visión un tanto
quijotesca, a lo largo de la novela no escasean las aventuras, tal y como
promete el Espantapájaros, y si bien el libro es recomendado para niños tiene
una mirada profunda de la sociedad, los cambios en aras del progreso, la
concentración del poder, la lealtad y, por sobre todo la amistad.
