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viernes, 10 de abril de 2026

Letras impresas: El Espantapájaros y su sirviente



Joven dijo, tengo una propuesta que hacerte. Aquí estamos los dos; tú, un joven honrado y de buen corazón, y yo, un Espantapájaros con talento y espíritu emprendedor. ¿Qué me dirías si te pidiera que fueras mi criado?

¿Y cuáles serían mis obligaciones?

Acompañarme alrededor del mundo, ser mi chico para los recados, lavar, cocinar para mí y atender mis necesidades. No tengo nada que ofrecer a cambio sino aventuras y gloria. Es posible que a veces pasemos hambre, pero nunca nos faltarán emociones. Bueno, muchacho, ¿qué me dices?”

Con un diálogo, por cierto, de lo más curioso, comienzan las aventuras de un par sin igual. El Espantapájaros y su sirviente, personajes salidos de la pluma de Philip Pullman, hacen un temerario recorrido para cumplir una misión olvidada o más  bien desconocida.

La inocencia del Espantapájaros se contrapone con la visión de su sirviente, Jack, quien a pesar de ser sólo un niño ha visto los abusos del poder; es bajo este contraste que emprenden camino y con ello no solo ganan en conocimiento mutuo, los lugares que visitan se transforman.


Bajo una visión un tanto quijotesca, a lo largo de la novela no escasean las aventuras, tal y como promete el Espantapájaros, y si bien el libro es recomendado para niños tiene una mirada profunda de la sociedad, los cambios en aras del progreso, la concentración del poder, la lealtad y, por sobre todo la amistad.    

miércoles, 18 de mayo de 2016

Letras impresas: Tu foto



“No existen historias, parece que huyen al saber que las busco. Miro de lejos, solo, expectante, sin manera de cambiar el día. La vuelta es idéntica, sin experiencias, sólo consumir y llenar la nada, cabizbajo diviso un espejismo”.
       
Tu foto, de José Luis Escobar, es el segundo libro de este escritor chileno y al cual no se puede negar la sorpresa que a cada paso de página van entregando sus historias.


El fragmento con que se inicia la entrada, pertenece a un relato que lleva por título: “Perros” y no sólo fue escogido porque hace juego con la portada del libro, sino que además representa parte de su esencia.

Los {Relatos}, clasificación entregada por el mismo autor desde un principio, parecen inconexos en primera instancia, pero al avanzar, las consonancias que entrega el hablante a los personajes y sus historias, que predominan en primera persona, consigue o más bien permite, a quien lee, entramar cada texto en un todo; donde la sutileza sicológica con que son tratados descubre un mundo carente de esperanzas.
         
De forma poderosa llama la atención que, la aparición de nombres escasea; y ciertamente no son necesarios, aunque los hay. En lo particular me quedó uno dando vueltas: Mary Jane González, un buen reflejo de esa gracia dada en países como el nuestro.

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Nota: Quiero contarles que es la primera vez que consigo la autorización de un autor para colgar en la entrada un fragmento de su trabajo; y sí, es emocionante. La razón se debe a que José Luis Escobar, autor de Tu foto {Relatos}, viene trabajando el oficio desde 2012 en San Bernardo, lugar en que hemos coincidido por la asistencia al taller de literatura que mencioné tiempo atrás.

domingo, 8 de mayo de 2016

Letras impresas: Cumbres borrascosas



“1801:

Estoy de vuelta después de haber hecho una visita al propietario de mi casa, único vecino que pueda preocuparme. En realidad, este país es maravilloso. Yo no creo que en toda Inglaterra hubiese podido encontrar un lugar más apartado del mundanal bullicio. Es el verdadero paraíso para un misántropo; y el señor Heathcliff y yo parecemos la pareja más adecuada para compartir este desierto. ¡Qué hombre magnífico! De seguro se hallaba lejos de imaginar la simpatía que me inspiró al sorprender cómo sus ojos se hundían en sus órbitas, llenos de sospechas, en el instante en que yo detenía mi caballo, y cómo sus dedos se escondían con huraña resolución aún más profundamente en su chaleco, cuando le dije mi nombre”. Capítulo I


Si estuviese yo en el cielo, Nelly, sería muy desgraciada.

Porque no es usted digna de ir allí respondí. Todos los que no están limpios de pecado serían desgraciados en el cielo.

No es por eso. Una vez soñé que estaba.

Ya le he dicho que no quería que me contase usted sus sueños. Me voy a la cama protesté interrumpiéndola de nuevo.

Se echó a reír y me obligó a  permanecer sentada al intentar levantarme de la silla.

¡No te apures! —chilló—. Iba únicamente a decir que el cielo se me antojó que no era mi verdadera morada. Me destrozaba el corazón a fuerza de llorar para volver a la tierra, y los ángeles se enfadaron tanto, que me arrojaron en medio del páramo, yendo a caer en la prominencia de Cumbres Borrascosas, donde me desperté llorando de júbilo. Esto te explicará mi secreto lo mismo de bien que hubiera podido explicártelo el otro sueño. Igual me da casarme con Edgar Linton que estar en el cielo, y si el perverso de mi hermano no hubiese rebajado tanto a Heathcliff, nunca habría pensado en esa boda. Pero casarme con Heathcliff sería rebajarme a mí misma. Jamás sabrá cómo le amo, y no porque sea guapo, Nelly, sino porque es más que yo misma. Sean cualesquiera las esencias de nuestras almas, la suya y la mía son idénticas, mientras que la de Linton es tan desemejante a las nuestras como lo es el rayo de luna del relámpago, y el hielo del fuego”. Capítulo IX


“1802:…

No. Primero tienes que leer de corrido, sin una sola falta. 

El interlocutor masculino empezó a leer. Era un joven decentemente vestido, sentado ante una mesa, con un libro delante. Su hermoso rostro resplandecía de júbilo y sus ojos tenían que esforzarse por no saltar de la página en que se fijaban, a una mano pequeña y blanca que se apoyaba en su hombro y que le llamaba al orden con un cachete en la mejilla cada vez que daba tales muestras de distraerse. La persona a quien la mano pertenecía estaba colocada detrás de él. Sus bucles ligeros y sedosos se confundían con los negros mechones del discípulo al inclinarse para ver cómo iba el trabajo de éste. En cuanto al rostro… Afortunadamente no podía vele el rostro, porque, de lo contrarío, no hubiera habido modo de estar atento a la lección. Yo sí podía vérselo, y me mordía los labios de rabia por haber dejado escapar la ocasión de hacer algo más que contemplar aquella cautivadora belleza.

Terminó la lección, no sin que el alumno incurriese en algún que otro disparate, pero reclamó su recompensa y recibió cinco besos por lo menos, que, por su cuenta, devolvió generosamente. Luego vinieron hacia la puerta, y por su conversación deduje que iban a salir a dar un paseo por el páramo. Me figuré que Hareton Earnshaw me condenaría de corazón, si no de palabra, a lo más hondo de los abismos infernales, si dejaba ver en aquel momento mi importuna persona. Así, consciente de la bajeza de mi envidia, me escabullí por la parte de atrás en busca de refugio en la cocina. Tampoco había obstáculos de aquel lado. A la puerta estaba sentada la vieja Nelly, que cosía tarareando una canción, interrumpida a veces por unas cuantas palabras adustas, sarcásticas e intolerantes, que provenían del interior, y cuyos acentos nada tenían de musicales”. Capítulo XXXII

Mentiría si no confesara lo difícil que resultó dejar este libro una vez llegado su final y, sería una falta a la verdad aún mayor si no mencionara el hecho que me llevara varios años animarme a leerlo. La excusa predominante era el salto en el tiempo que, según yo, poseía la historia; pero como han podido ver no he conseguido limitarme a sólo un extracto de ella, debido al entramado singular que consiguió Emily Brontë con ésta su primera y única novela.

Con un narrador que es en parte protagonista inicia la exposición de su llegada a un lugar que posee una historia oculta para él y que poco a poco conocerá de la mano de otro personaje. La unión del pasado, presente y futuro que alcanza Cumbres borrascosas se produce por una extraña, tormentosa y no vivida relación de amor entre dos de los personajes; los cuales, en una opinión muy personal, pierden, por su propio egoísmo, las oportunidades que se les presentan para ser felices hasta que el tiempo los alcanza, como a todos, con la muerte. Y a pesar de lo reveladoras que pueden ser las palabras precedentes la historia no termina ahí; así es que invitados quedan a disfrutar de una excelente obra literaria que sorprendió a esta humilde lectora de manera grata; demasiado grata diría yo.

lunes, 20 de julio de 2015

Letras impresas: Impresiones de un recién nacido

        
¿Mi primer recuerdo? ¿Por qué no?

Las primeras impresiones son las que más duran y la entrada a la vida no es un hecho tan insignificante como para olvidarlo al otro día.

Si la gente no relata sus emociones de recién nacido, no es porque las haya olvidado, como dice. Ésa es una simple disculpa para no referirse a una época desmedrada de la vida. Al hacerlo, proceden de igual modo que el nouveau riche, que dice no recordarse de los modestos empleos que desempeñó en su juventud, o que el indultado, que por nada de este mundo hace alusión al tiempo en que estuvo preso.

Yo seré más franco que ellos.

Mi primer recuerdo data de una noche de agosto de… en obsequio a mis contemporáneos aún solteros, me abstendré de dar el año en que impuse a mi padre la primera molestia de mi vida —a mi madre venía molestándola desde tiempo atrás—, obligando al pobre caballero a levantarse a espetaperros para despertar y molestar a su vez a una serie de personas: médico, cuidadora, etc., que no tenían nada que ver con el asunto.

Cierto es que yo también sufrí molestias. El aire, así de buenas a primeras, está muy lejos de ser agradable… Es frío, y penetra por los oídos, las narices y los ojos como si uno anduviera en aeroplano. Para colmo el médico, con el pretexto de que el chico está un poco asfixiado, comienza a jugar con uno a la pelota, lo que no puede ser más deprimente para la personalidad del recién llegado. Al fin y al cabo, se es la visita y debía tratársele con mayores consideraciones.

Grité con indignación y me resultó un sonido ridículo, mezcla de balido de cabro nuevo o de maullido de gato, absolutamente fuera de tono con la gravedad y el carácter sentimental que revestían los acontecimientos…

… A pesar de la de libertad y de los abusos que solían cometer conmigo besuqueos, cosquillitas en la barba, etc., la vida aquella tenía sus encantos. ¡Cómo voy a olvidarme de esos tiempos!

Lo que acaban de leer es parte de la primera crónica que aparece en el libro “En Tontilandia”, recopilación que aúna buena parte del trabajo de Jenaro Prieto en el periódico El diario ilustrado de Santiago, en la sección Al pasar. El título también hace alusión a la isla de Tontilandia, lugar en que el autor trata de recrear en paralelo y a su manera la vida en el país.

Siendo abogado de profesión, este escritor chileno, no solo dedicó su vida literaria a la producción de crónicas; fue autor de dos novelas: Un muerto de mal criterio y El socio. Pero bueno, abocándonos a lo que nos reúne… “En Tontilandia”, se refleja el eco de una sociedad no tan lejana a la nuestra. A pesar del tiempo y de las situaciones, aún hoy se puede disfrutar del sarcasmo y la sátira con que fue dibujada gran parte de la realidad chilena de la primera mitad del siglo XX: políticos, literatos, funcionarios públicos, periodistas, contadores; y por supuesto, él mismo.

Confieso que leer sus crónicas me entretuvo demasiado y no descarto subir nuevos fragmentos de su trabajo. ¡Hasta la próxima!

viernes, 19 de diciembre de 2014

Letras Impresas: Los poetas resisten


Los poetas resisten.
Es difícil librarse de ellos,
aunque Dios sabe que se ha intentado.
Nos los encontramos en el camino
en actitud mendicante, con sus platos,
una costumbre ancestral.
No tienen nada,
excepto moscas secas y céntimos falsos.
Nos miran como pasmados.
¿Están muertos o qué?
Sin embargo, tienen esa mirada irritante
de los que saben más que nosotros.

¿Saben más de qué?
¿Qué es lo que alegan saber?
Escupidlo, les silbamos.
¡Decidlo claro de una vez!
Si buscas una respuesta sencilla,
entonces fingen estar locos,
o borrachos, o pobres.
Se pusieron esos disfraces
hace algún tiempo,
esos jerséis negros, esos andrajos;
ahora pueden quitárselos,
Y tienen problemas con sus dientes.
Ésa es una de las cargas.
Les vendría bien ir al dentista.

También tienen problemas con sus alas.
No se muestran dispuestos a colaborar
con nuestro departamento de vuelos.
Ya no planean, no resplandecen,
no bromean.
¿Para qué demonios les pagamos?
(Imagina que les pagamos.)
No pueden despegar
con sus plumas enlodadas.
Si vuelan es hacia abajo,
hacia la húmeda tierra gris.

Idos, les decimos,
y llevaos vuestra aburrida tristeza.    
No os queremos aquí.
Se os ha olvidado cómo decirnos
lo sublimes que somos.
Que el amor es la respuesta,
siempre nos gustó este verso.
Se os ha olvidado cómo hacernos la pelota. (You`ve forgotten how to kiss up)
Ya no sois sabios.
Habéis perdido vuestro esplendor.

Pero los poetas resisten.
No se puede decir que no son tenaces.
No saben cantar, no saben volar.
Sólo saltan y croan
y se golpean contra el aire
como si estuvieran en jaulas,
y cuentan el viejo chiste.
Cuando les preguntan, responden
que dicen lo que deben.
¡Jope, qué pretenciosos son!

Sin embargo, saben algo.
Hay algo que sí que saben.
Algo que están susurrando.
No alcanzamos a oírlo.
¿Sera sobre sexo?
¿O sobre el polvo?
¿O sobre nuestro miedo?

Como la incapacidad que poseo para apreciar el género lírico algunas veces me abandona, quise compartir este poema que aparece en el libro La Puerta de Margaret Atwood, escritora canadiense, que oscila entre la narrativa y la poesía.

Los versos (a mi parecer), en su composición, son de lo más ilustrativos y no solo aplicables al selecto grupo de los poetas. Bien, si creen distinguir características que coincidan con algunos de sus conocidos o incluso si son capaces de encontrarlas en sí mismos, seguramente algo de él quedará en sus memorias. 
        
Nota: El verso que aparece en inglés quise dejarlo para que lo traduzcan a su parecer, pues la traducción utilizada del mismo no me gustó (hasta hace poco no sabía que era “hacer la pelota”).

lunes, 3 de noviembre de 2014

Letras Impresas: Historia del pueblo mapuche, siglos XIX y XX



Esta es una historia acerca de la intolerancia. Acerca de una sociedad que no soporta la existencia de gente diferente. De un país español, criollo europeo, cristiano occidental, que se dice civilizado y trata de acabar con los bárbaros, los salvajes, los hombres que deambulan libremente por las pampas y cordilleras del sur del continente. Ellos se defendieron del salvajismo civilizado; hicieron lo que pudieron, vivieron como mejor supieron, pelearon hasta el cansancio, y terminaron por morir y ser vencidos por el progreso. Entró el ejército, lo siguieron el ferrocarril y los colonos que venían a “hacer la América”, sin percatarse siquiera de lo que allí había ocurrido. Esta guerra inicua, que nuestros gloriosos ejércitos republicanos emprendieron en la segunda mitad del siglo pasado (XXIX), fue guiada por la intolerancia: el derecho de quien se cree civilizado a combatir la barbarie, en nombre de banderas y santos coronados de las mitologías del progreso de la humanidad.

La historia de los que no aceptaron ha sido silenciada. Hay, al parecer, una definida tendencia a identificar la historia humana con la historia de los vencedores; los vencidos tantas veces percibidos como bárbaros no suelen tener historia, o su historia es absorbida por el triunfalismo de los vencedores. Quedan así en la memoria, cuando han quedado, como curiosas especies que no lograron sobrevivir, o perdiendo la propiedad de sus aportes al desarrollo del hombre, u ocupando un lugar en la mitología del vencedor, donde personifican fantasmales fuerzas del mal, del pasado, de la monstruosidad que el progreso de los pueblos debe desterrar. Es lo sucedido con el pueblo mapuche en nuestras historias, las que nos han hecho olvidar que en él había familias, amores, sentido del honor, moral intachable; en fin, vida humana en toda su complejidad.

Como indica José Bengoa, autor de esta obra, en el prólogo: “los libros a veces se independizan de sus autores y asumen vida propia”.

Llegar a conocer el contexto de este libro ha sido una de esas casualidades que la vida nos presenta de vez en cuando. Verle como un simple libro de historia sería injusto, porque no comparte solo una visión; se construye con voces diversas. Y, sin embargo, su inicio se da con una declaración curiosa de la Historia de Chile: “Que todos somos cuidadanos”. Excusa perfecta que encontró un estado democrático para hacer uso de las tierras y acabar con una guerra que ni la soberanía  de un reino había conseguido.

Para vergüenza del país en que habito, nada ha mejorado al respecto. La escasa o nula visión con que fueron repartidas las tierras, sigue presentándose hasta nuestros días. El amparo legal con que la sociedad ha catalogado de salvajes a una de las pocas etnias que sobrevive en el territorio chileno, no aparta la sorpresa de que todo un pueblo jamás haya sido aceptado por la patria que tuvo a bien recibirles para despojarlos.